sábado, 20 de abril de 2013

DECÍA PLATÓN.






Decía Platón que la burla y el ridículo son, entre todas las injurias, las que menos se perdonan y tenía razón.

Jacinto Benavente afirmaba rotundamente que a perdonar sólo se aprende en la vida, posiblemente, cuando a nuestra vez hemos necesitado que nos perdonen continuamente.

No escatimes el perdón, me dijeron un día, ni des por perdido el esfuerzo que en pedirlo inviertas: porque pocas cosas son tan ciertas como que es imposible caminar con tantas heridas abiertas.

Me gusta creer y pensar que siempre es pronto para errar, pero nunca tarde para pedir perdón y perdonar.

Con mi propia experiencia he constatado que el que perdona se engrandece y engrandece también al perdonado. Y es que no es malo haberse equivocado, ya sea a conciencia o sin haberlo buscado, lo malo es no saber reconocerlo en un momento dado y no pedir perdón por el dolo causado.

No podemos retroceder el tiempo y enmendar una equivocación, lo único que podemos hacer es pedir disculpas de corazón.

Pero pobre de aquel que el rencor maneja y domina su corazón y  no es capaz o no sabe otorgar el perdón.

Sobre esta cuestión, he de reconocer, aunque no me crean, se critique o llame la atención esta afirmación, no me cuesta nada pedir perdón y reconocer una equivocación, aunque no me lo hayan aceptado en más de una ocasión.

Es mucho lo que, sin duda, me he equivocado, tanto como mucho es lo que se me ha criticado cuando me he disculpado y mis disculpas no se han aceptado porque como falsas o poco sinceras se han considerado. Como si no estuviera  autorizado a reconocer un error o un daño causado y pedir perdón me estuviera vetado.

Me parece una obviedad, por más que sea imposible en la actualidad, que al reconocer que has incurrido en una falta, pero que estás dispuesto a regenerarte y a disculparte con sinceridad, se supondría o cabría la posibilidad de que también el ofendido debería estar dispuesto a darte otra oportunidad.

Al político se le exige ejemplaridad, por lo que pedir perdón significa que acepta que no ha sido ejemplar, ni ha actuado con profesionalidad. Lo que conlleva un gran simbolismo, porque su ejemplaridad tiene que ver con ser honesto con su trabajo y con sus deberes hacia la sociedad. No obstante, saber pedir perdón con sinceridad,  es más una fortaleza que una debilidad.